jueves 4 de junio de 2009

Verás pasar el mundo rodando en una lágrima

Olga Orozco Cuando pienso en la poesía de Olga Orozco vienen a mi mente los destellos de las más extrañas gemas, el reflejo esplendente de los minerales subterráneos, el sonido de broncos retumbos bajo los pies, inviernos húmedos y lluviosos, vientos que de pronto arrasan con todo y se convierten luego en una brisa serena y estival; pienso en chispas, en impactos, en momentos de maravilla y gozo plenos. Pienso también en el dolor, en la hierática angustia del que sufre y sólo puede expresar su sufrimiento mediante los versos. Versos rojizos, dorados, oscuramente claros, profundamente sentidos, encadenados de metáforas vivas y alucinantes, como un mundo que cupiera en la palma de la mano o como una estrella fugaz, un galope rampante, un crujido de maderas antiguas, ancestrales, candentes, rugosas, ásperas pero tiernas en su interior. Cuando pienso en la poesía de Olga Orozco pienso también en sus gatos, en los paraísos prometidos y encontrados, en las aguas de un río que corriera bajo nuestros pies, oculto y rumoroso, en un sonido largo y lejano, como un vibrato, que sin embargo viene acercándose, acercándose, acercándose… Y pienso, desde luego, en los magníficos instantes en los que la poesía, sin más, nos ha arrebatado de este mundo y nos ha llevado al suyo sin transición por la puerta secreta de su encanto.

Ayer comenzó, en la Biblioteca Ricardo Güiraldes de la ciudad de Buenos Aires, un taller gratuito de poesía latinoamericana dictado por la poeta Laura Yasán. Se trata, ni más ni menos, que de un recorrido posible por la extensa y variada geografía de nuestra poesía. Un paseo breve pero intenso por aquellos poetas insoslayables y también por aquellos que no son tan conocidos y que merecen ocupar un lugar de privilegio. Este maravilloso reencuentro con la poesía es el que, al fin, me ha traído hasta aquí, luego de una ausencia justificable sólo en parte (estoy trabajando más horas, estoy coordinando dos ciclos de poesía, estoy… etc.) y que ya me tenía bastante preocupada, pues no encontraba el texto ni la excusa para acercarme aquí de nuevo, a este rincón que amo tanto y que, presumo, precisamente por eso abandono muchas veces sin explicación alguna.

En la clase de ayer se leyó a dos poetas nuestros: Juan Gelman y Olga Orozco. No son de mis poetas favoritos argentinos, pero no cabe duda alguna de que son insoslayables. Personalmente, me siento más inclinada hacia la poética de Orozco, pero nunca pensé que me sucedería lo que me aconteció ayer. Se leían los poemas, se comentaba algo acerca de ellos… en fin, lo usual en un taller que pretende no sólo hacer reflexionar sobre la praxis poética sino también animar a ella. Todo iba sobre ruedas hasta que se leyó un poema de Olga Orozco que, por su fuerza, por sus metáforas, por su vívida lección moral, me precipitó sin más a las lágrimas. No es algo que me suceda con frecuencia y pude comprobar que no fui la única a la que se le soltaron las amarras de la emoción. Es por eso que, siguiendo el espíritu del taller, en tanto lugar donde se desarma hasta la última pieza los artefactos poéticos para luego volver a armarlos, he decidido analizar en profundidad el citado poema. Creo que es una joya y que merece ser voceado a los cuatro vientos.

Dice así:

 

ÉSA ES TU PENA

Ésa es tu pena.

Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no

/existieras

y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres

/que no vuelven.

Colócala a la altura de tus ojos

y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,

o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los

/amantes,

o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.

Si observas al trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.

Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,

un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina

/del reverso del cielo.

Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una

/llama

y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.

No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;

sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez

/de olvido.

Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.

No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre

/columnas rotas,

aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso

/prometido.

No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,

                                                                    no la gastes con nadie.

Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del

/naufragio:

sepúltala en tu pecho hasta el final, hasta la empuñadura.

 

¿Dónde reside la fuerza, la potencia inusitada de este poema? En mi opinión reside en esa voz que parece hablarle a un otro (a ese misterioso “tú” al que se dirigen todos los verbos) pero que, en verdad, no hace más que hablarse a sí mismo. Este desdoblamiento es más poderoso y fatal que si, en verdad, el yo poético se dirigiera a un otro que está más allá de sí mismo. La violencia satinada del poema reside en que el yo poético se está hablando a sí mismo: ha logrado distanciarse lo suficiente de su ser, de su yo más ínsito, para poder apostrofarse y dirigirse a ese otro (que parece otro pero que es él mismo) y conminarlo a no evitar su pena. A no evitar el dolor. A atesorarlo, a atravesarlo entero en su pecho, a salvarlo de los demás, de todos los naufragios. Le está diciendo a esa parte de sí mismo que todos queremos evitar que lo único inevitable es la muerte y que si esa pena que nos hace únicos a todos y cada uno (y que cada uno sabe cuál es, lo sabe perfectamente bien) no es vivida en toda su intensidad nuestra vida no habrá valido nada.

Veamos un poco cómo se logra semejante detonación emocional.

La poeta no vacila en arrancar con un verso que por sí solo ya corta el aliento: “Ésa es tu pena” afirma con la razón de aquel que sabe perfectamente de lo que está hablando. El demostrativo ‘ésa’ no deja dudas acerca de qué pena es: es la tuya, se dice, es decir, la mía. A la vez, el lector del poema queda inmediatamente atrapado por la misma afirmación pues es lo suficientemente dura y tajante como para no dudar de qué se trata. Es ésa y ninguna otra. Pero “ésa ¿cuál?” podría uno preguntarse en un vano intento de escapar: la poeta comienza entonces a desplegar un bellísimo rosario de metáforas para que no nos quede ninguna duda acerca de cuál es esa pena que nos agobia pero que también nos define y redime.

Los dos versos siguientes empiezan el delicado trabajo de delinear qué pena es: se dice que tiene la forma de un cristal de nieve (sabido es que ningún cristal de nieve se parece a otro, lo que se reafirma con la declaración de que tal cristal no podría existir si tú, es decir yo, no existieras) y que tiene el perfume del viento “que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven”. La doble personificación (el viento que acaricia, los amaneceres que tienen plumaje y por ende se los puede asimilar a al menos una entidad viviente semejante a un pájaro) es rematada con la aguda sentencia final: ningún amanecer vuelve y menos aquellos de los que está compuesta esta pena, que claramente fue, en su día, nuestra mayor felicidad.

El cuarto verso se inicia con una frase exhortativa: se le pide al otro yo que coloque la pena a la altura de sus ojos a fin de ver con más detenimiento de qué se trata. La pena, que desde el comienzo es una entidad tangible y en ningún modo ideica o meramente sensorial, se corporiza cada vez más a medida que el poema avanza. Primero se la identifica (ésa, la que está allí y ninguna otra) y ahora ya se la puede manipular: es posible colocarla a la altura de los ojos, como si uno mirara a través de una piedra preciosa colgando de una cadenita. Este mirar con detenimiento dispara una selva de colores e imágenes de gran impacto visual y sensitivo: hay fondos de leyenda, hay amantes que se han ido, hay brebajes bebidos por ángeles. Una finísima imaginería que bordea lo místico y lo medieval se difumina por este sector del poema, siempre atacando los sentidos más vivos del lector.

A continuación, llega el primer clímax del poema: el otro yo le está diciendo lo que verá (es decir, algo que él ya sabe y que el otro aún ignora) si mira al trasluz su pena: “verás pasar el mundo rodando en una lágrima”. ¿Hay imagen más bella, más conmovedora, más arrebatadora?

La poeta no ceja en su intento por desgajar y desplegar el máximo fulgor posible de la veta poética que ha encontrado y sigue describiendo, con parsimonia y pasión controlada a la vez, lo que sucede con esta pena y, como una madre amorosa que amonestara a su hija díscola, le dice lo que no debe hacer con ella, a sabiendas, desde luego, de que será cruelmente desobedecida. Sin embargo, su deber es alertar(se) a sí misma aun sabiendo que sólo conseguirá “la bastarda maleza en vez de olvido”.

Acaece entonces el segundo clímax del poema: como una suerte de verso resumidor se esclarece por qué es tan importante que no se evite la pena, nuestra pena: “Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras”. ¿Hay acaso verdad más cruel y más cierta? ¿No es una verdad incontrastable que cada quien arrastra consigo una pena que es única en su especie, que es absolutamente indeleble y que lo acompaña a uno adondequiera que vaya?

Todo está listo entonces para atacar, como atacan los instrumentos de una orquesta el momento más crucial de una pieza musical de gran envergadura, la parte final del poema, el verdadero clímax. Se sigue amonestando, con dulce firmeza, al otro yo y por tres veces se utiliza la negación explícita: se le dice que no hallará otra igual, que no debe permitir que se disuelva en la costumbre, es decir, que la sepulte el agua sucia de lo cotidiano y lo intrascendente, y que no se la gaste con nadie, porque, desde luego, es un tesoro que nos pertenece únicamente a nosotros y que los demás no pueden, ni siquiera, vislumbrar. Es, precisamente, lo que nos hace únicos a nosotros mismos.

Los últimos dos versos son significativamente decisivos: con la misma fuerza con la que se desencadena una tormenta descomunal sobre un cielo apacible de verano, el yo poético se dice a sí mismo lo único que en verdad se debe hacer con esta pena única e indeleble: atesorarla “como una reliquia salvada del naufragio” y sepultarla “hasta la empuñadura” en nuestro pecho, no para morir cobardemente sino para vivir valientemente al fin. Porque sólo los valientes, los corajudos, los bravos pueden arrostrar su pena sin renegar –jamás- de ella.

Analía Pinto

jueves 7 de mayo de 2009

Verseá tranquilo, con mi maestro

Hacer el verso 1999 - Marcelo di Marco Inconvenientes y situaciones de todo tipo me estuvieron impidiendo, en este último mes, ocuparme de mi querida fauna abisal. Incluso hoy mismo estoy con un resfrío bastante molesto que no deja de pedirme que me meta en la cama y chau, pero le prometí esta nota a mi maestro hace ya una semana y no le quiero fallar. Sobre todo, porque su libro me ayudó mucho más de lo que pueda parecer o de lo que él mismo pueda llegar a esperar.

Hacer el verso 2009 - Marcelo di Marco No es un libro más. Hacer el verso (Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía), no es un libro más. Y la razón (feliz razón) de esta nota es que los señores de Sudamericana (ahora Random House Mondadori, a través de su sello Debolsillo) han tenido la excelente idea –¡ya era hora!- de reeditarlo y ponerlo nuevamente al alcance de todos, como el maravilloso espantapájaros de Girondo. Así es: Hacer el verso, de Marcelo di Marco, la Biblia de los poetas en ciernes, en formación y en maceración está de nuevo en las calles.

Déjenme contarles brevemente de qué se trata y cuáles son, en mi opinión, sus puntos más fuertes. Son 100 notas ágiles, divertidas y amenas, escritas con la misma impronta que las del Taller de Corte & Corrección, sobre poesía. Sobre esa maravilla absoluta que es la poesía. O sobre cómo se hace (y se puede hacer) poesía. O sobre lo que significa poner a rodar un poema en el mundo, echar a volar versos sobre este hórrido mundo que vivir nos toca. O, más aún, sobre la delicada, maravillosa y visceral tarea que es ponerse a cincelar palabras como el orfebre, con paciencia infinita, realiza sus maravillas en el duro y frío metal. Pero eso no es todo: el libro trae, además, numerosos y útiles ejercicios, tanto para aquellos que apenas están dando sus primeros pasos en alas de Pegaso, como para aquellos que ya lo tienen bien domado (o eso creen, como fue el caso de una servidora). Por si eso fuera poco, sus dos golazos absolutos son, en mi opinión, la inclusión de gran cantidad de ejemplos poéticos de poesía argentina actual (y remarco esto bien remarcado, porque hubiera sido mucho más fácil y expeditivo buscar ejemplos en los grandes clásicos y chau) y las IMPERDIBLES (sí, así, con mayúsculas y subrayado) entrevistas a poetas argentinos que están (o estaban) escribiendo en esos/estos mismos momentos. No hay una entrevista en la que no se encuentre una gema, una pepita de oro puro lista para ser tomada por la mano ávida de conocimientos acerca de una de las cosas más inefables que hay en el mundo: la poesía, el poema.

Este libro llegó a mí en el verano del 2004. Me lo regaló uno de mis mejores amigos (y mi co-equiper literario del boletín y de otros proyectos que estamos actualmente pergeñando), Cristian Vaccarini. Lo encontró, como suele suceder, en la mesa de saldos de una de las grandes librerías de Corrientes y, conocedor de la trayectoria de di Marco, no dudó un instante en agenciarse un ejemplar para él y otro para su compinche literaria favorita. Yo conocía a Marcelo como quien dice “de oídas” (o “de vistas”), sabía quién era y lo que hacía, pero no había leído nada suyo aún. Al comenzar a leerlo (y a realizar los ejercicios propuestos) me di cuenta inmediatamente de dos cosas: una, que estábamos en la misma sintonía en lo que a entender la poesía y la literatura como una actitud de vida se refiere y, la otra, que si realmente quería que mi poesía fuera poesía y no sólo balbuceos de principiante adornados bonitamente iba a hacer muy bien en seguir las indicaciones propuestas en su libro.

Y así fue. La prueba más palpable de eso no fue sólo comprender más a fondo cómo funciona el proceso de creación artística (tan bien graficado en las expresiones “etapa volcánica” y “etapa quirúrgica”) si no ver, in vivo, los cambios que se producían en los poemas una vez que eran corregidos y revisados siguiendo muchas de las tácticas y prácticas propuestas por di Marco. No sólo estábamos en una misma sintonía en lo que se refiere a la práctica de la poesía sino también en lo que se refiere a la importancia de la corrección, de la revisión, de aquella “labor limae” a la que con tanto tino se referían los poetas griegos y latinos hace unos dos mil años aproximadamente. Es por eso, intuyo, que al momento de conocernos personalmente fue como si nos conociéramos de toda la vida y hoy día, cuando ya hace más de un año que concurro a su taller, me sigue pareciendo que Marcelo ha estado siempre ahí, guiándome y aconsejándome. Primero con sus libros, ahora con su palabra en vivo y en directo.

Animo, como siempre que alguien me ha preguntado por esto, a todas las personas con inquietudes poéticas valederas, que vayan más allá de unas rimas de ocasión o de la terapéutica descarga de emociones que no se sabe cómo canalizar por otro lado, a que consigan sin dilación este libro. No tiene sólo “lecciones”, por así decirlo, de poesía si no también de vida.

Para finalizar, algunas pastillitas del libro y la transcripción de un poema mío (me perdonarán la arrogancia) en su versión original y en su versión corregida y pulida siguiendo muchas de las propuestas de Hacer el verso:

 

Pastillitas:

- “Existe una enorme diferencia entre expresarse poéticamente, con garra, con delirio… y componer ‘versitos’ más o menos bonitos, palabritas dulzonas y con musiquita incorporada.”

- “En un mundo estúpido y diabólico, donde la mayoría ni siquiera puede cuestionarse para qué vive, la poesía no sólo es necesaria sino que justifica todo lo que de humano tienen nuestras acciones.”

- “Según Paul Eluard, poesía es ‘dar a ver’. Vivir como artista es encontrar otra manera de ver, para después decir.

Y una vez que el poema está escrito, le toca al otro, al lector: él completa el círculo, viendo.”

- “La ausencia de buena poesía en nuestra mesa de luz nos hace partir de una idea equivocada. Y se escribe, entonces, desde una imagen inventada de ‘poeta’, haciendo como que se escribe poesía. Todos los clichés hacen del afán de ‘hacer literatura’, de escribir bonito.”

- “A escribir se aprende escribiendo y, sobre todo, leyendo. A trabajar se aprende viendo procedimientos de otros poetas, para ir descubriendo los propios.”

- “Si el poema no conmueve, si el poema no encandila la mirada del otro y la dirige hacia ese deslumbrante reordenamiento de las cosas, no es un poema. Si no logra arrebatarnos del mundo para siempre, no es un poema.”

- (…) la tarea [del poeta] consiste en dejarse de pensar para dejarse hablar.”

 

Puesta en práctica:

 

(versión original)

 

donde la oscuridad es otro sol

el poema dice lo contrario de lo que mi lengua dice

 

en su cauce —animado por un viento nuevo— se desplaza

—tambaleante como un niño—

aquello que mi lengua todavía no sabe decir

 

esto es, lo que el poema aún no supo conquistar

con el ciego ardor de sus manos y sus remeros

 

(versión corregida y pulida)

 

donde la oscuridad es otro sol

el poema dice lo contrario de lo que el mar me escribe

 

y en su cauce, animado por un viento propicio, se desplaza

—tambaleante como un niño—

la nave que conduce

lo que mi lengua no sabe decirle

 

lo que el poema

aún no supo conquistar

con el turbio arrojo de sus remeros

 

Analía Pinto (para mi maestro, por tantas horas de felicidad compartidas en su “yerta” y por las horas por venir)

jueves 9 de abril de 2009

Mortal y rosa

Mortal y rosa - Francisco Umbral Este blog cumple exactamente hoy un año de vida. Por ello he decidido, por esta vez, no hablar yo sino dejar que hable un libro. Un libro dolorosamente hermoso. Un libro sentido, extraído de la carne misma de su autor. Un libro lleno de imágenes cautivantes, expresionistas, sorprendentemente precisas y plásticas. Y sin embargo, es el libro de un padre que perdió a su hijo. Su hijo de apenas cinco años. Ese al que oía crecer entre el estrépito insensato de la ciudad y el mundo. Es una novela, pero sin capítulos, una novela lírica, sólo con algunos hilos conductores que se repiten y retuercen sobre sí mismos, fieles a la escritura helicoidal de su autor. Es un poema en prosa, mejor. O, más todavía, es un largo poema que inadvertidamente se volvió diario íntimo y novela deshecha. Es, además, uno de los libros menos conocidos y celebrados de su autor. Es Mortal y rosa, de Francisco Umbral, el primer autor con el que se inauguró, hace ya un año, Fauna Abisal.

Helo aquí, en algunos (pocos, ¡ay!) de sus delicados y morosos fragmentos:

“La carne no se deja literaturizar. A veces, si la cogemos distraída, es transparente y permite ver el hueso y la nada. Pero si hacemos esto con premeditación y miramos de reojo nuestra carne o la de otro hombre o mujer, se cierran filas, se armoniza la figura, se espesan los colores. La vida es opaca para la muerte. Gracias a eso vivimos.”

“La mujer quiere un poco de selva. La desnudez es la selva que llevamos aún en nosotros. La carne es el último paraíso perdido e imposible. Tiene que haber naturaleza en el cuerpo, boscosidad, porque el sexo es, ante todo, una recuperación de los orígenes, y esos cuerpos desnaturalizados por un exceso de cuidado y artificio han borrado de sí la selva. Ya no son nada.”

“Toda situación entre hombre y mujer es siempre tensa y falsa porque hay un tercero entre ellos, un antropoide que va y viene, se impacienta e interrumpe de vez en cuando: ‘Bueno, empezamos o qué’.”

“La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, formando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros, nos trae.”

“Nunca aprenderemos que la vida es sexo, que el sexo no es una moneda, que no se trata de una contraprestación, sino de dejar que los manantiales del ser corran libres y coloreen el mundo.”

“Hilvano el mundo con los ojos.”

“Los ojos pastan en el libro y a veces, al cerrar el libro, los ojos se quedan dentro, como hojas frescas, y ando ciego por la vida, sin ojos, sin ver el mundo, porque los ojos siguen mirando lo que han leído, se han enterrado en letra impresa.”

“Niño mío, hijo, fruta fugaz, manzana en el mar, siempre lo he dicho, milagro instantáneo, doblemente imposible, estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores, animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti, juguetes de un sol solo que apenas los roza, y me mira tu ausencia desde todas las paredes, encarnas en fotografías cuando halago el tacto de la nada. No estás.”

“Antes, cuando era un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le basta. Al lector le sirve esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más.

El arte descriptivo, minucioso, es pueril y pesado. El arte expresivo, expresionista, aisla rasgos y gana, no sólo en economía sino en eficacia, porque arte es reducir las cosas a uno sólo de sus rasgos, enriquecer el universo empobreciéndole, quitarle precisión para otorgarle sugerencia.”

“Los que sufrimos la alucinación constante de la realidad no necesitamos alucinógenos.”

“Y escribo, cada mañana, me siento a la máquina, dejo que fluidos oscuros, luminosidades de la noche asciendan a mí, y todo el torrente del idioma pasa a través de algo, de alguien, porque escribir es una cosa pasiva, receptiva, contra lo que se cree, así como leer es algo activo, creativo, voluntarista.”

“Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído.”

“Hay un hombre que ha querido hacerse su verdad y comunicárnosla. Hay un hombre que necesita afirmarse modificando el mundo, que necesita explicarse el mundo para explicarse a sí mismo. Hay un hombre que vive y muere en su libro, naufraga en el propio mar que él ha creado.”

“Meter la vida en un libro, tomarle medidas al tiempo. Esto es escribir. Darle unas dimensiones convencionales a la existencia. Se manipula el tiempo a efectos artísticos y se reina así, falsamente, secretamente, sobre la propia vida. El tiempo corre cuando se le deja libre. Hay que cazarlo en la ratonera –ratón, el tiempo- de un libro, de un proyecto, de un viaje.”

“El niño es la creación sin angustia.”

“Gracias a la literatura he podido mantenerme al margen de los mercados del hombre, e incluso cuando más de cerca parece que toco el mundo con mi prosa, estoy salvado y lejano en el mero arte de escribir, en el mundo cerrado que es la literatura.”

“De la dicha sólo tenemos el recuerdo: nunca hemos tenido la experiencia.”

“La cultura es una domesticación.”

“Abril, espuma verde bajo los pies breves de mi hijo, cadera femenina del mundo, costado pálido, idioma salvaje de la lluvia, lenguaje de todas las primaveras, caligrafía torrencial que deja dicho en el aire el secreto simple del universo.”

“El mar es la tierra firme de los niños.”

“El mar nunca defrauda.”

“Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote.”

“(…) tengo que resignarme a hacer literatura en mi diario íntimo, y a que vaya resultando un poco el poema en prosa de unos graves meses de mi vida, o la novela de un mal novelista.”

“Toda la locuacidad del mundo me habla en tu silencio. Todo el silencio del mundo habla eternamente en tu adorable locuacidad.”

Analía Pinto

Addenda: Este libro ha sido el único libro de mi biblioteca, hasta el momento, que atravesó todo un océano para llegar hasta ella. Desde que conocí a Francisco Umbral, hace ya muchos años, que siempre me fui topando con sus libros en las librerías de usados de Corrientes, pero nunca, jamás, aparecía este libro, el más sagrado, el más íntimo, el más revelador. Y así, hasta que se me ocurrió pedírselo a mis primos que viven en España y en enero del 2004, por fin, llegó hasta mí. Fue una espera que valió la pena.

jueves 2 de abril de 2009

El loco Sebastián Morilla

Estamos todos nerviosos - Carlos María Carón Hoy es 2 de abril y antes de ayer murió Alfonsín. Parece claramente el fin de una era, o algo así. Pensaba hablar sobre él en Curvas pero rápidamente me di cuenta de se iba a solapar con lo que pudiera decir aquí acerca de la guerra de Malvinas y entonces decidí unificar todo en un solo posteo, este.

Que no sé qué tan bien quedará porque me he levantado, en este día feriado, particularmente remolona y fiacosa, cosa que detesto y que suele sucederme más seguido de lo que sería medianamente aconsejable. Parece que cuando mayor ímpetu toman mis días (o mi vida), más remolona y haragana se pone mi cabeza (o mejor mi inconsciente) y suceden este tipo de cosas.

Igualmente, es un día raro. Se murió Alfonsín, llegó definitivamente el otoño, la selección fue vapuleada por un equipo inferior, el campo sigue de paro, la crisis mundial no se detiene, hay amores (o fantasmas, aún no queda claro) que regresan y sin embargo las formas del mundo mantienen su textura y su color: en cambio, se iluminan de tímidos pero fulgurantes haces gracias a otras presencias, pero no deja de ser todo muy raro aún.

En mi vida, el recuerdo de Malvinas y el de Alfonsín van casi de la mano y van de la mano del momento más trágico. No tanto Malvinas, que fue anterior, pero sí Alfonsín y el retorno de la democracia. Se votó en octubre del 83 y la democracia nació, como ya todos harto sabemos, el 10 de diciembre de ese mismo año. Apenas doce días antes de ese magno evento había muerto mi madre. Es por eso que con la muerte de Alfonsín y con el recuerdo de aquellos días vino también ese ominoso momento a mí.

Tal vez ello explique mi apatía de hoy.

En cualquier caso, no quise dejar de cumplir con el deber/placer que yo misma me he propuesto y busqué algún libro que tuviera que ver con esos hechos para comentar hoy aquí. Revisé la sección de literatura argentina de mi biblioteca y di con uno que mencioné en posteos pasados y que viene como anillo al dedo para esta ocasión. Pero fiel a mi vagancia pertinaz habrá pocos comentarios aquí hoy y más que nada habrá un fragmento de esa novela que creo ilustra a la perfección parte del clima enfervorizado y patético que se vivía en aquellos días, en los tristes días del 82.

Yo estaba en tercer grado. Era una nena como cualquier otra (o eso creía hasta ese momento). Tenía un gatito que adoraba, llamado Leo. Vivía con mis padres y mi abuela. Bueno, no era exactamente así, pero pongamos (no puedo recordar con exactitud cuándo fue que mis padres se separaron, algo rarísimo en aquella época; los padres no se separaban con la facilidad con que se separan ahora). Y estalló la guerra, allá, lejos, en el sur. De pronto, en el colegio, todo se volvió dibujar banderas argentinas, escudos, escarapelas y temblorosos mapas de las Islas Malvinas con un orgullo patriótico inusitado. No se escuchó una sola canción más en inglés en ninguna radio ni en la televisión, todo era argentino, criollo y nacional. Fuera ingleses de las Malvinas. El que no salta es un inglés. Y así por el estilo. ¡Y yo que tenía un abuelo nacido en la isla de Malta con pasaporte británico!

Pero lo que más recuerdo es haber escrito una carta para un o para los –jamás podré saberlo- soldados argentinos. ¿Qué diría esa carta? Fue una tarea de la escuela, pero recuerdo que la escribimos en el colegio mismo. Y que al día siguiente, o quizá ese mismo día, cómo saberlo ya, llevamos atados de cigarrillos y barras de chocolate para enviarles a los soldados junto con nuestras cartitas de aliento y devoción por esos héroes. Luego vendrían los desengaños, el desencanto, el silencioso recibimiento de los derrotados.

Conocí a un ex combatiente de Malvinas (había puesto “veterano” y lo cambié, no sé por qué). Una noche ya muy lejana, en Cemento, donde coincidíamos a menudo, me contó de los horrores de la guerra. No recuerdo más que la imagen de la batalla cuerpo a cuerpo, de que se te venga un tipo armado encima y apenas poder defenderte. No sé qué habrá sido de él, no volví a verlo. Tanta gente que conocemos y ya no volvemos a saber de ella… tenía su tarjeta por algún lado donde decía que había sido combatiente.

Pero no me interesa entrar en discusiones políticas. Me interesaba colgar estos recuerdos como quien tiende la ropa para que se seque al sol y dar un mínimo pantallazo acerca de cómo la literatura reflejó este hecho. La clásica novela al respecto es Los pichiciegos de Fogwill, pero no la he leído (ni la tengo). Así que aquí les transcribiré una de las cartas del loco Sebastián Morilla, un personaje alucinante, que al parecer existió y no fue un invento del autor, que conforman la novela Estamos todos nerviosos, de Carlos María Carón.

Tampoco sé nada de este autor, sólo que nació en Azul (provincia de Buenos Aires) en 1935, que dictó talleres literarios y que, además de esta novela, publicó La majareta o los 107 locos (1981) y el libro de cuentos, que también tengo, Haig, la mediación y otras manías porteñas (1982). Y que, como dice la contratapa de Estamos todos nerviosos, “una característica que se destaca en sus obras es la perspectiva humorística sobre la realidad argentina”. Y a las pruebas me remito entonces:

Carta expreso certificada vía aérea enviada por el loco Sebastián Morilla a Andrew Dwight Artllson a Inglaterra durante la guerra de Malvinas en mayo de 1982:

Querido Maldito colonialista:

Estamos todos nerviosos. Punto aparte. Galtieri tomó las Malvinas en un momento de nervios y la Thatcher nerviosa perdida nos mandó la flota. Punto aparte. Se armó la gorda. Punto aparte. Los gurkas vienen muy nerviosos por exceso de cerveza y los soldados argentinos por falta de años. Che pedile al marido de la reina que le pida al hijo que le pida al hermano que la pida a la reina que le pida a la Thatcher que le pida a los ingleses que no busquen roña. Punto aparte. Si esta guerra se para con devolver Malvinas a la Argentina Hong Kong a China Guyana a Venezuela Gibraltar a España Canadá a América Australia a Australia Oceanía al Asia y unas pocas docenas de robos más a sus legítimos dueños I’m not english I’am argentine How many time did you live in India? This is a red pencil. Punto aparte. Me pica la nariz adentro muy hondo y mucho por la guerra pero me siento patriótico Catalina y yo nos acostamos tapados con la bandera argentina. Punto aparte. How old are you? Nos vamos a defender Andrés, esta guerra la gana Argentina  soy loco pero no estúpido tenemos al Soldado Chamamé cuidando la parte del Litoral tenemos en el gran Buenos Aires a Lindor Covas el Cimarrón, en la Capital a Clemente Diógenes y el Linyera tenemos a Teodoro y Galtieri, tenemos en La Pampa a Poncho Negro en el Norte al Cacique Paja Brava cubriendo la Patagonia están Patoruzú Upa y la Chacha Mama si avanzan los atacamos con Martín Karadajián campeón del mundo El Hombre de la Laguna, El Androide, la Momia Blanca y la Momia Negra tenemos al general Menéndez en Malvinas que dijo que no lo sacan vivo de allí y que se van a arrepentir de haber venido y que le manden al principito tenemos a José María Muñoz para transmitir los festejos después que ganemos la guerra y tenemos un aguante con ustedes los ingleses que somos capaces de perderla para que los que se jodan sean ustedes y se sigan aguantando a la Thatcher. Punto aparte. En esta guerra el que gana pierde y el que pierde cambia de gobierno y gana it is a little boy come back my dear. The end.

Belicosamente

Sebastián Morilla

(Reservista)

Mientras copiaba este fragmento recordé que yo fui a la Plaza de Mayo el día que Galtieri convocó al pueblo para su arenga final. Iba a caballito de mi padre y esa fue la única vez, que yo sepa, que participé de una marcha o cosa similar, lo mismo que mis padres. ¿O acaso me confundo con el festejo del Mundial 78? Hum…

Analía Pinto

jueves 26 de marzo de 2009

300 cuentos y un cazador de historias

Guy de Maupassant Guy de Maupassant escribió más de trescientos cuentos, varias novelas breves y cientos de artículos y crónicas para los diarios más famosos y reputados de su época y, sin embargo, estoy segura que muchos de los lectores leyentes se preguntarán: “¿quién? ¿Guy qué?”.

Maupassant fue gran amigo de Flaubert, quien lo introdujo en los círculos literarios parisinos y actuó a modo de “padrino”, permitiéndole así publicar su primera obra en cobrar renombre, el relato “Bola de sebo”, considerado por muchos el punto más alto del realismo decimonónico y también, el puntapié inicial del naturalismo. Maupassant escribió también cuentos de terror, el más famoso de ellos, “El Horla”, y fue el indiscutido maestro de otros dos maestros: Edgar Allan Poe y Horacio Quiroga. Pasar por esta vida y no leer a Maupassant, sobre todo si uno es escritor, es un crimen que se puede pagar muy caro.

Y el francés logró todo esto con apenas cuarenta y pico de años (cuarenta y tres exactamente: 1850-1893), antes de que la sífilis y la locura se lo llevaran a sus abismos, como a tantos otros contemporáneos suyos (Nietzsche, sin ir más lejos). Al notar este hecho una vocecita cruel me susurra: “¡apúrate, date prisa, tienes casi treinta y cinco años y aún no has hecho nada que valga la pena ser recordado! ¿qué rayos estás esperando? ¡ponte a escribir de una maldita vez!” (la vocecita cruel me habla de tú, no sé bien por qué).

Eso procuro, eso procuro, le digo, para calmarla, pero entretanto dejame hablarles de Maupassant a quienes por aquí pasen. Mi campaña a favor de la literatura del siglo XIX no se detiene y siempre encuentro motivos para reflotarla en estas páginas. Ya he hablado de Poe, de Stevenson, de Melville. Podría asimismo hablar de Flaubert, de Stendhal, de Dostoievsky, de Gogol y, por qué no, de toda la poesía simbolista francesa, de Baudelaire, de Verlaine, de Rimbaud… en fin. Hay tela para cortar por donde se mire… ¡todo por no mencionar a los autores argentinos del siglo XIX que también me fascinan! Echeverría, Mansilla, Sarmiento, Mármol… Mejor no sigo y me concentro en quien hoy nos convoca.

Hace dos semanas que vengo leyendo cuentos de Maupassant. Leí todos los que tenía a disposición en mi biblioteca, una treintena, es decir, apenas el 10 % de su producción cuentística, nada, pero lo suficiente para advertir su genialidad, su dominio del oficio narrador, su agudísima percepción, su inocultable magia para transformar anodinas anécdotas en verdaderos cuentos… Los cuentos que más me me gustaron han sido: “El collar” (recomendado en el TCYC), “La tía Sauvage” (idem), “Idilio”, “Dos amigos”, “Châli”, “La pequeña Roque”, “El papá de Simon”, “El regreso”, “Mi tío Julio” y “La sillera”. Los cuentos de Maupassant no presentan grandes complicaciones: sus protagonistas son o campesinos o burgueses y suelen hacer referencia o bien a la Ciudad Luz o bien al campo; los más logrados, en opinión de muchos, son aquellos que transcurren o hacen referencia a la guerra franco-prusiana, un ambiente ideal para desarrollar toda clase de argumentos. Los personajes de Maupassant no tienen empacho alguno en matar, pero siempre hay una poderosa causa detrás (como en “La tía Sauvage”). Tampoco tienen empacho alguno en mentir (como en “El collar” o “El papá de Simon”), si las circunstancias así lo exigen. Esto no quiere decir, sin embargo, que por muy toscos o rústicos que puedan ser los personajes en ocasiones, o el ambiente en el que se mueven, los cuentos lo sean. En general, son aceitadas máquinas narrativas que muchos haríamos bien en desarmar, engranaje por engranaje, para ver cómo funcionan en detalle y bien desde adentro, y luego volver a armar, para empezar a aplicar dichos mecanismos en nuestra narrativa.

Ustedes tienen que comprender que, en aquella época, no había radio ni tele ni Internet. Todo lo que había era la cruda realidad y los diarios, ¡que apenas estaban dando sus primeros pasos! Siempre habían estado los libros, pero nunca al alcance de todos, más bien de unos muy pocos. Los diarios comenzaron a tener un público cada vez más masivo y ello obligó a hacerlos cada vez más interesantes para un número mayor de gente. Fue un movimiento natural que, además de las noticias y las crónicas, comenzaran a incluir textos de ficción. Y la mayoría de estos textos de Maupassant fueron publicados en diarios como Le Gaulois, Le Figaro, Gil Blas y otros. No habiendo pues otros medios de comunicación, el escritor que quisiese atrapar al público y mantenerlo en vilo (el siguiente movimiento natural fue, desde luego, la inclusión de los folletines) tenía que apelar a todos los recursos lingüísticos, estilísticos y retóricos habidos y por haber, usarlos con tiento y sabiduría y lograr así que le publicaran otro cuento y otro y otro… No habiendo la sobrecarga visual e informativa que hay hoy en día, los textos de ficción tenían la potencia suficiente como para dejar anodadado, atontado, asombrado y alucinado al lector mediante la astuta utilización de las imágenes, de las comparaciones, de las metáforas, etc. Es por esto por lo que rompo una y otra vez con la literatura del siglo XIX, porque no estaba todo servido como ahora, porque la gente aún se asombraba, porque había tiempo para entregarse a la lectura, porque las imágenes eran mucho más vívidas e impactantes que las de la “real realidad” actual. No hay más que leer a cualquiera de los autores citados para darse cuenta de cuán “cinematográficos” son: primeros planos alucinantes, travellings, cortantes cambios de escena, flashbacks, historias dentro de otras historias, todo está allí, en germen. De todo eso se sirvió, desde luego, el cine una vez nacido.

Pero el cuento que más me atrapó, por su imaginería, es “Amor (Tres páginas del diario de un cazador)”: un hombre aficionado a la caza, luego de leer acerca de un crimen pasional (P: ¿dónde?; R: ¡en el diario!), recuerda la primera vez que se encontró con el amor:

“Un hombre que mató a una mujer, suicidándose luego, lo cual demuestra que la quería. ¿Qué me importan él y ella? Sólo me importa su amor, y no porque me enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva, ni porque me haga reflexionar, sino porque me trae a la memoria un recuerdo de mi juventud, extraño recuerdo de una cacería en que se me apareció el amor, como se aparecían a los primeros cristianos cruces dibujadas en el cielo.”

A partir de allí, narra aquel recuerdo. Todo el tiempo uno está esperando que aparezca ese gran amor inolvidable que tanto lo ha marcado. ¿Acaso una mujer aficionada a la caza también? ¿O acaso la mujer de otro cazador? En absoluto. El ejemplo de amor incondicional y “constante más allá de la muerte” proviene de la misma naturaleza. Son un par de aves las que desencadenan este sentimiento inefable en el avezado cazador. Pero lo notable del cuento no es sólo el momento desgarrador en que la hembra es herida de muerte y el macho se desespera hasta que se hace matar también, sino también las imágenes, oníricas y fantasmales, con que Maupassant logra ambientar y meternos en apenas unas líneas en un entorno que para muchos de nosotros puede ser totalmente extraño y hasta aterrador: un pantano.

Dice así:

“El agua me atrae como una pasión invencible; admiro el mar, aunque me parece demasiado revuelto, imposible de poseer; admiro los hermosos ríos que pasan, que huyen, que se van; pero, principalmente, me agradan los pantanos, donde palpita toda la ignorada existencia de las muchedumbres acuáticas. El pantano es un mundo entero aislado en la tierra, otro mundo, con su vida propia, sus habitantes sedentarios, sus viajeros transeúntes, sus voces, sus ruidos y, sobre todo, su misterio. Nada más turbador, más inquietante, más terrible algunas veces que un terreno pantanoso.”

Y más adelante:

“Se desprende un misterio más profundo, más grave; flota en su neblina densa el misterio mismo de la creación acaso. Porque ¿no fue en el agua estancada y fangosa, en los vapores desprendidos por las húmedas tierras al calor del sol, donde se removió, donde vibró, donde se abrió a la luz el primer germen de la vida?”

Establecida ya la atmósfera inquietante y sobrenatural del pantano, el cazador se apresta a recordar esa especial madrugada en que un amigo suyo, otro cazador, lo invitó a una cacería de aves en las proximidades de un pantano. Sin embargo, hacía un frío verdaderamente glacial allí:

“En un paraje conveniente había mandado construir una cabaña con pedazos de hielo para resguardarnos un poco del viento, que sopla por la madrugada; ese viento impregnado en frío que desgarra las carnes como una sierra, las corta como un cuchillo, las punza como un aguijón envenenado, las pellizca fieramente como unas tenazas y las quema como el fuego.”

Si esto no es atacar todos los sentidos del lector, entonces no sé qué es. Dudo haber leído jamás mejor y más estremecedora descripción del frío. Si no se convencen, hagan el favor de leer lo que sigue:

“El aire glacial, consistente y palpable, abofeteaba el rostro; ni un soplo de viento lo agitaba; cuajado, inerte, mordía, traspasaba, secaba, mataba, los árboles, los arbustos, las hierbas, los insectos; los pájaros caían de las ramas rebotando en el suelo endurecido y endureciéndose al punto, congelándose.”

¡Por Dios! Si alguien no se congeló leyendo esto, es que no tiene sangre en las venas, lisa y llanamente.

Los cazadores logran guarecerse en la improvisada cabaña de hielo, a la espera de las primeras aves, pero el frío es tan intenso que prenden un modesto fuego con algunas ramas. Al salir del “iglú”, esto es lo que ven:

“Cuando salí, la cabaña tenía el aspecto de un monstruoso diamante rosa que hubiera brotado de repente sobre la helada superficie del pantano. Dentro se veían dos formas fantásticas: nuestros perros calentándose.”

¿No es una maravilla esa imagen del fuego ardiendo a través de los bloques de hielo? ¿No se les pone la piel de gallina de sólo imaginarlo?

Finalmente, el narrador hiere y mata a la hembra, e inmediatamente el macho lanza “un lamento breve, repetido y desgarrador” y se niega a dejar de revolotear sobre ellos:

“-Has matado a la hembra y el macho no se irá.

En efecto, no se iba, giraba llorando, con los ojos puestos en su compañera. Ningún gemido arrancado por el sufrimiento me desgarró tanto el corazón como aquel desolado clamor, como la triste angustia del mísero animal solo y errante.

A veces huía sintiéndose amenazado por el cañón de la escopeta que le apuntaba sin cesar; parecía decidido a proseguir su marcha cruzando el espacio, derechamente; pero volvía, no sabiendo cómo proseguir su viaje sin su hembra.”

Por fin, los cazadores depositan el cadáver de la hembra en el suelo, el macho se abalanza sobre él, “enloquecido por su amor hacia la compañera que yo había matado” y lo rematan.

Lacónicamente, el narrador declara luego: “Aquella tarde regresé a París.”

Si eso no es maestría en el arte de narrar, ¿qué es?

Analía Pinto

jueves 19 de marzo de 2009

El imprescindible humor (o Nunca fui colectivero)

Bernardo Jobson Debo este posteo a Hernán Bayón, director de la revista literaria La Gallina Degollada, con quien vengo chateando e intercambiando pareceres literarios y musicales en los últimos días, primero a través de FB y luego del más dinámico MSN. Tras descubrir que teníamos gustos similares, me puso sobre la pista de un autor al que sólo conocía de nombre pero que es, sin lugar a dudas, un auténtico autor abisal al que hay que rescatar ya mismo desde las profundidades del olvido y la desidia nacionales: Bernardo Jobson.

Me diréis, queridos leyentes, “perdón, ¿quién?” y hasta “¿no habrá querido decir Bernardo Kordon?” No, mis amigos. Bernardo Jobson, autor nacido en Santa Fe en 1928 (otras fuentes declaran 1930), entrañable amigo de Abelardo Castillo, colaborador insurrecto en sus revistas El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco, es uno de los humoristas más mordaces que he tenido el gusto de leer. Y sólo he leído un cuento, por lo que este posteo será más bien una exploración, un primer acercamiento, un primer borrador de lo que espero sea un artículo más largo y más “serio” sobre un autor que deploro no haya sido incluido en el diccionario que me tocó confeccionar, hace ya algún tiempo (ver perfil).

Dicen que al mejor cazador se le escapa la liebre y eso parece ser lo que nos sucedió con Jobson y su ausencia en el diccionario de marras. No figuraba en la lista original de autores a reseñar que nos dieron allá por diciembre de 2005, cuando todavía teníamos todo un año por delante para hacerlo. No figuró tampoco en las sucesivas listas que yo fui elaborando con los autores que, vaya uno a saber por qué causas, no figuraban en ese bendito listado original (del que estaban ausentes, por ejemplo, Gabriel Báñez o Néstor Sánchez). Tampoco estuvo en las reseñas que hicimos a último momento, con el diccionario ya a un paso de entrar en la etapa de corrección. Nadie lo mentó jamás. Y sin embargo, ahí estaba.

Estaba en la sección “Irreverencias” del libro de Abelardo Castillo oportunamente he reseñado aquí. Me tomo el atrevimiento de copiar lo que allí dice el gran Castillo porque creo que resume lo que Jobson fue y hace justicia a la vez:

“En pensiones espantosas, en casas de amigos desaprensivos como yo, entre los despojos de sus matrimonios, iba olvidando cuentos, obras de teatro, traducciones, artículos, hasta conseguir lo que secretamente buscaba, perderlo todo. Traducía a Dylan Thomas mientras lo leía en voz alta. Podía hablar de Joyce o de Shakespeare en lunfardo. No hay un solo escritor de nuestra generación –qué digo, no hay un solo escritor argentino- que haya tenido ni la mitad de su humor. Murió hace unos años, solo, en una pieza de hotel. Pero antes alcanzó a publicar El fideo más largo del mundo, un libro único, en cualquier sentido que quiera dársele al adjetivo. En ese libro escandaloso hay un cuento escandaloso hasta la perfección. “Te recuerdo como eras en el último otoño”, que, dicho sea sin énfasis, no tiene paralelo en nuestra literatura”.

Y por cierto que no se equivoca ni un poquito Castillo en su apreciación. Más todavía, dice Castillo en la reedición del año pasado de El fideo…:

"Es uno de los libros más desopilantes de la literatura argentina, escrito por un autor que murió muy joven y que pudo publicar sólo ese volumen. La primera edición, de Centro Editor de América Latina, se agotaba como si fuera Memorias de una princesa rusa, porque tiene un lenguaje totalmente descarado, coloquial y porteño, pero hecho por un escritor de primer orden. El cuento “En el último otoño” fue leído en una reunión en mi casa y había una socióloga muy seria que dijo, mientras todos estábamos llorando de la risa, que era el testimonio más franco que se había escrito sobre el sistema hospitalario argentino”.

Tampoco se equivoca la socióloga en cuestión. “Te recuerdo como eras en el último otoño” no es sólo la radiografía de un típico pícaro porteño, de un chanta, sino de toda una sociedad que se viene abajo sin prisa y sin pausa, cuyos colapsos más notorios se dan siempre en esos puntos tan neurálgicos, como la educación, la salud, el estado, etc.

Una apostilla más sobre Jobson, también de la mano de Abelardo:

“Me llaman de Clarín porque acaba de morir Henry Miller y me dicen que escriba algo. Yo soy buen lector de Miller, el cual me interesa no sólo por su posición frente al sexo sino frente al mundo. Contesto que me dejen pensarlo y llamo a mi amigo Bernardo Jobson, devoto de Miller, que me dice: "¿Sabés qué habría que hacer hoy? No cobrar en ningún hotel alojamiento de Buenos Aires, poner en las puertas carteles: 'Hoy se fornica gratis'". Y ahí se le ocurre una especie de cuento vinculado a Henry Miller, que no escribe. A partir de lo cual a mí se me ocurre otro, vinculado a aquél, pero distinto, que escribo y es ese que usted leyó [se refiere a “La fornicación es un pájaro lúgubre”] en el que el protagonista, al enterarse de la muerte de Miller, decide que no puede dejar en banda a esa chica muy joven con la que está relacionado afectivamente y que no conoce el orgasmo”. (Reportaje de Esther Gilio, reproducido aquí).

Pero ya que mi conocimiento de Jobson es, por el momento, tan limitado, quiero terminar de ilustrar este posteo con una breve reflexión acerca del humor en la literatura y con una pequeña (por el momento) lista de los libros que más me han hecho reír, algo que también estuvimos comentando con Hernán Bayón en estos días.

Yo no sé, sinceramente, qué sería de mí sin el humor. Nunca he podido comprender a esos seres que carecen de él. Porque sí, amigos míos, hay gente que no tiene sentido del humor. Gente a la cual nada le hace gracia, ni siquiera los chistes tontos, fáciles o malos; ni siquiera las estupideces grasas de Tinelli, nada. Gente sin swing. Gente que no. Como lo quieran llamar. Caracúlicos. Aburridos. Idiotas, imbéciles, tarados, no lo sé. Sí sé que el humor es un rasgo de inteligencia, por lo que esos adjetivos no me parecen exagerados aplicados a alguien que carece de él. Gente pretendidamente “seria”, que nunca se ha reído hasta las lágrimas, hasta doblarse de la risa, hasta terminar con un terrible dolor de panza por haberse reído tanto. No sé qué problema tendrán esas gentes, pero su paso por esta vida tan ingrata y por este mundo tan horrible en ocasiones debe ser algo muy parecido al infierno. Si el infierno existe, no creo que sea como lo pintan en Los Simpsons, con su “división de castigos irónicos” ni nada de eso. Debe ser el lugar donde muere la risa. Donde no hay juego ni emoción. Donde lo uniforme es bandera, donde la igualdad acaba con todo y con todos. No creo que valga la pena vivir sin sentido del humor. No creo tampoco que se pueda vivir rodeado de personas sin él. Incluso creo que, en ocasiones, es más el sentido del humor lo que puede llegar a atraerme de un hombre antes que sus cualidades físicas u otras igualmente espirituales.

Así que ya ven cuánta importancia tiene para mí, cuán imprescindible juzgo que es el humor. Y, desde luego, en la literatura también me resulta fundamental. Por eso me encantó y celebro haber descubierto a Bernardo Jobson. Y ahora que ya lo hice, sé cómo me gustaría volver a hacer el fuckin’ diccionario y estoy segura de que Jobson no faltaría aunque haya publicado un solo libro en vida. Sólo por desparramar tanto humor en cada párrafo, en cada frase, en cada remate, merece figurar allí y también ser leído y difundido sin más.

He aquí, para finalizar, una lista somera y caprichosa, en orden de recordación, de algunos de los libros que más me han hecho reír, al menos en las letras vernáculas (porque en las letras universales el que más me ha hecho reír sin duda es el Quijote):

  • Estamos todos nerviosos, de Carlos María Carón (novela epistolar, en la que las cartas del loco Sebastián Morilla se llevan todas las palmas; advertencia: si usted creció en los ochenta, las carcajadas serán aún mayores).
  • Caína muerte, de Héctor A. Murena (un autor del que tengo que hablarles sin duda alguna; una novela desopilante, con personajes salidos del Lazarillo de Tormes pero incrustados en un arrabal porteño).
  • Parque de diversiones, de Marco Denevi (reescrituras, parodias y ejercicios de estilo sobre grandes obras y mitos de la literatura universal).
  • Ambages, de César Fernández Moreno (no son aforismos, no son poemas, no son microcuentos: son ambages y son todos maravillosamente deliciosos, poéticos y mordaces).
  • Don Abdel Zalim, el burlador de Villa Dominico, de Jorge Asís (oportunamente reseñado aquí).

Y ustedes, amigos, ¿con qué libros argentinos o extranjeros se han reído más?

Analía Pinto

P. D.: Buscando alguna foto para ilustrar este post, me encuentro con algo mucho mejor. En Radar Libros de Página/12 del 14/12/08 rescatan estas palabras del propio Jobson, que lo ilustran mejor que cualquier imagen:

“En nuestro país, de la literatura viven las editoriales, las imprentas, los talleres de fotocomposición, las distribuidoras, las librerías, los kiosqueros, la ley 11.723, el corrector de pruebas, lo cual involucra ya a tanta gente que hasta parece justo que el autor, no. Hice de todo, hago de todo: empleado bancario, de seguros, tío loco, redactor publicitario, periodista, marido incomprendido, fakir, traductor, pensionista en desgracia, pero nunca fui colectivero”.

jueves 12 de marzo de 2009

Jinetes en la tormenta

Un jinete en la tormenta - Marcelo Gobello El martes, en la charla que Abelardo Castillo dio en Eterna Cadencia, dijo, entre otras tantas cosas, algo que me pareció una verdad incontrastable: los libros que leemos en la adolescencia se quedan para siempre con nosotros y ningún autor que no pueda ser leído por un adolescente es un autor que valga la pena leer. Más todavía, dijo que él, a sus setenta años, todavía conservaba (o procuraba hacerlo) ese mismo espíritu adolescente, esa actitud de permanente asombro y de permanente absorción del mundo, diría yo ahora, en la que vive sumido cualquier adolescente más o menos despierto. Cualquiera que no se la pase llorando, como le escuché decir hace poco a un chiquito de no más de diez años a otro por la calle: “Los adolescentes lloran mucho”, afirmó con toda verdad. “Yo lo sé porque mi hermana cumplió hace poco dieciocho años y ya pasó toda la adolescencia y se la pasó llorando”, concluyó, mientras el otro asentía.

Yo también lloré mucho en mi adolescencia (y aún lo sigo haciendo, porque sigo siendo una adolescente tardía, qué tanto). Lloraba ni sabía porqué buena parte de las veces, el resto del tiempo por un amor contrariado, como todos los amores adolescentes deben serlo. Pero en ocasiones lloraba también porque presentía que había más cosas en el mundo para mí e invisibles cadenas me impedían acercarme a ellas. Estaba “prisionera en una prisión de mi propia invención”, como decía la letra de “Unhappy girl”, uno de mis temas favoritos de los Doors.

La referencia a los Doors no es ociosa si tenemos en cuenta que quiero hablar de un libro que hace referencia a ellos, aunque es cierto que no deseo tanto comentarlo por eso sino por lo que ese libro, esa música y esa época representan para mi vida actual. Hace poco coincidí con el autor de este libro en Facebook y esto, sumado a la frase de Castillo, dieron como resultado lo que vendrá a continuación. Una feliz concatenación de hechos aparentemente sin vinculación alguna toman, de pronto, forma y cuajan en una serie de recuerdos que son muy caros para mí.

Yo tenía diecisiete años, mucho spleen y unos pocos libros en mi biblioteca. Todavía no se había instalado la costumbre de ir a comprar religiosamente libros todos los domingos y apenas si empezaba a esculcar algunas librerías quilmeñas, cercanas al colegio. Estaba repitiendo cuarto año, no porque fuera mala estudiante (je, todo lo contrario) sino por pura vagancia no controlada y encarrilada a tiempo por quien debía hacerlo… Siempre había ido al colegio de mañana y cuando repetí empecé a ir de tarde. La tarde era más tentadora para ratearse, había más cosas para hacer, más lugares adonde ir que a la mañana. A veces sencillamente no entraba al colegio y me iba a caminar por ahí o me encontraba con mi mejor amiga de aquel entonces, que solía hacer exactamente lo mismo, y nos quedabámos a vagabundear por el centro de Quilmes hasta que fuera la hora de regresar. Comprábamos la Cerdos & Peces, una de las mejores revistas que leí en mi vida, conseguíamos el de Clarín para ver qué recitales había ese fin de semana o nos íbamos a perder alegremente el tiempo a la disquería de la galería Colón, todo con la despreocupación natural de la adolescencia, cuando el tiempo parece –y es- eterno e interminable.

Fue en esa época que mis gustos musicales variaron un poco y me alejé un tanto de la opresiva escena metalera local para ir a visitar otros dominios. En vez de ir a ver a las bandas de thrash como hasta entonces, íbamos a ver a Memphis la Blusera, a la Mississipi, a Durazno de Gala y, por supuesto, a los Divididos, que apenas habían sacado su primer disco por aquellos años (40 dibujos ahí en el piso). Ni siquiera eran famosos, ni siquiera llegaban a llenar Cemento como sí lo harían apenas uno o dos años después. Consecuentemente con el cambio de gustos musicales, cambié también la vestimenta. Abandoné –por un rato nomás, he de reconocerlo- las tachas y las remeras de mis bandas favoritas por la ropa completamente negra, de pies a cabeza (los emos no inventaron nada ni son nada nuevo, amigos…!). Y para completar el conjunto había encontrado un entallado saco de pana bordó que había pertenecido a mi madre junto con un crucifijo de plata también suyo, que resumían perfectamente la imagen que quería transmitir: la de una poeta bohemia.

Je! La bohemia! Nada nos parecía entonces más excitante que la bohemia! Vivir todo el tiempo en estado de extásis, en estado de poesía, leyendo, escribiendo, escuchando música y nada más! Soñábamos con vivir en una buhardilla parisiense con vista al Sena y vagar por esas callejas medievales que aún quedan en París (o eso creíamos nosotras) y seguir los rastros de Anaïs Nin y de Henry Miller y de André Breton y de Antonin Artaud y escribir poemas breves e intensos como los de Alejandra Pizarnik, mi madre poética… Y muchos otros berretines por el estilo, alimentados todos por la leyenda de los poetas malditos y por otras lecturas semejantes.

Esas otras lecturas semejantes vinieron de la mano de este libro de Marcelo Gobello acerca de los Doors (Jim Morrison, un jinete en la tormenta. Apuntes sobre The Doors. Distal, Buenos Aires, 1991). Recuerdo que lo vi en un puesto de diarios y ni bien conseguí la plata, corrí a comprármelo. En poco tiempo, yo me había convertido en una fanática desquiciada por Jim Morrison. Había conseguido todos los discos raudamente y me fascinaba su música hipnótica y cruda, melodiosa y extraña a la vez y, desde luego, estaba muerta de amor (literalmente) por Morrison y por su poesía, pues nunca dudé de que él fuera, antes que todo, un poeta, un verdadero poeta y, más todavía, un visionario. Sólo que además de todo eso, se había convertido, muy en contra de su voluntad, en una estrella del rock y, más tarde, en un ícono y en una leyenda junto con Jimi Hendrix, Janis Joplin, John Lennon y otros rockeros de trágico final. Pero detrás de todo eso había un poeta.

Y así lo demostraba este libro del periodista de rock y escritor marplatense Marcelo Gobello, quien ahora me tiene entre sus “amigos” del Facebook e ignora que gracias a su libro de “apuntes sobre The Doors” (que eso es realmente, una serie de apuntes, pero muy bien tomados e hilados) me llevó a conocer a quien sería mi auténtico padre poético, mi máxima influencia a la hora del verso, mi piedra de toque en todos los momentos de zozobra y vacío existencial: el poeta francés Charles Baudelaire. No es que yo no lo conociera, porque si no recuerdo mal para ese momento ya tenía una o dos antologías de poesía francesa que desde luego lo incluían, pero fue después de saber que Baudelaire, junto con Rimbaud, Verlaine y otros “malditos”, era uno de los poetas favoritos de Morrison que yo me compré, una tarde ya del verano siguiente, Las flores del mal.

Las flores del mal fue leído con devoción y releído con fruición y subrayado con admiración y pensado y vivido con la máxima rendición frente a un talento sin par. Y más que “frente a un talento sin par” debería decir frente a un “igual”, porque como suele suceder cuando uno admira y se siente tan subyugado por un autor, uno SABE que está en la misma frecuencia espiritual y que de ahí viene ese entendimiento que va más allá de todo y nos devuelve a la idea elliotiana acerca de la auténtica comunidad espiritual que existe entre todos los poetas, de todas las épocas y de los lugares más remotos. Yo sabía que eso que llamamos no sin algún resto de sorna “alma” en este mundo que ya carece alarmantemente de ella vibraba en las mismas notas o en notas muy parecidas con la de Jim Morrison y desde luego con la de Baudelaire.

Fue desde ese momento que adquirí la costumbre de rastrear las lecturas de mis escritores favoritos y precipitarme sobre sus autores favoritos para encontrarme, casi siempre, con la misma felicidad y deleite que provoca estar entre amigos, entre pares, entre iguales, entre aquellos que comprenden nuestros desvelos y preocupaciones, aquellos a quienes el resto del mundo da la espalda cuando en verdad debieran estar rindiéndoles pleitesía por tomarse la molestia de ordenar aunque sea un poquito el caos reinante y por tener la generosidad suficiente como para compartirlo con los otros. Porque ¿qué es un autor sin lectores? ¿qué es un poeta diciendo sus versos en el vacío? El arte es tribal y el arte es también un modo de dominación, como el mismo Jim lo advirtió en su libro The Lords, del que extraigo esta cita (citada, valga la rebuznancia, en el libro de Gobello) para cerrar este nostálgico y musical posteo:

“Los Señores nos apaciguan con imágenes. Nos dan libros, conciertos, galerías, espectáculos, cines.

Especialmente cines. A través del arte nos confunden y nos ciegan para nuestra esclavitud. El arte adorna las paredes de nuestra prisión, nos mantiene en silencio, distraídos e indiferentes.”

Que nuestro arte, entonces, avive el seso y despierte, sobre todo en momentos tan oscuros y malignos como los que vivimos.

Analía Pinto

P. D.: Que me disculpe Marcelo Gobello si lee estas líneas. Al final de lo que menos hablo es de su libro, que es una excelente introducción a los Doors y que además trae todas las letras de sus canciones (por si queda algún nostálgico por allí que se resista a bajarlas de Internet), pero así como antes su libro me llevó a Baudelaire, hoy, casi veinte años después, me llevó a los bellos recuerdos de aquel momento y eso siempre es de agradecer.