jueves, 11 de marzo de 2010

Las hipálages borgeanas

A esta altura del partido pareciera que ya nada nuevo se puede decir sobre Borges. Sin embargo, dicho aserto, propio de los conformistas de siempre, no es cierto. Siempre se puede decir algo nuevo, original, novedoso o, por lo menos, interesante sobre Borges. Un gran autor, como una gran obra, nunca se agotan. Y en cuanto a Borges como a otros gigantes de la creación, existen tantas lecturas posibles como lectores los sobrevengan. 
Así pues, debo este posteo a una feliz circunstancia. Me encuentro realizando un curso sobre Borges en el C. C. Borges (no tienen excusas para perdérselo porque se repetirá en abril) y decidí aprovecharlo como pretexto para escribir sobre él aquí. Desde luego, es más que evidente, que Borges nunca podría ser considerado un autor "abisal", es decir, poco o nada conocido. Su nombre es casi tan famoso en el mundo como el de Maradona (secretamente, espero que lo sea más). Su nombre es, en mi opinión, sinónimo de literatura, lisa y llana. Su nombre dio nacimiento también a un adjetivo que le es propio ("borgeano"), honor que comparte con otros dos monstruos de la literatura, a quienes con toda seguridad idolatraba: Cervantes ("cervantino") y Kafka ("kafkiano"). No sé cuántos escritores podrán decir lo mismo en las próximas centurias. 
Como ya mucha gente, mucho más capacitada que yo, ha desgranado centenares de volúmenes acerca de Borges y todas las cosas imaginables (Borges y la matemática, Borges y la ciencia ficción, Borges y la filosofía, Borges y Borges, Borges y Kodama, Borges y su madre, Borges y las mujeres, Borges y Bioy Casares, Borges y Cortázar, Borges y los laberintos, los tigres y los espejos, Borges y Blake, Swedenborg, Chesterton, Stevenson, Schwob et alia, Borges y la Biblia, Borges y Lugones, Borges y la biblioteca, Borges y la ceguera, Borges y Evaristo Carriego, Borges y los compadritos, Borges y la mitología griega, Borges y los militares, Borges y la crítica, etc.) yo tengo, para decirlo a su propio modo (la imitación también es uno de los modos del homenaje), un propósito más modesto. Me interesa hablar aquí de una figura retórica poco conocida, con un nombre hermoso y que abunda en uno de sus libros menos frecuentados, Historia universal de la infamia (1935): la hipálage. 
Historia universal de la infamia es una maravillosa "estafa" borgeana, si me permiten la (i)rrespetuosidad. Borges era un gran embaucador, lo que quiere decir un gran fabulador, no un mentiroso ni un impostor. Su sabiduría era todavía más vasta de lo que sospechamos, pero siempre tuvo el buen gusto de disimularla. Cuando digo que Historia... es una gran estafa me refiero principalmente a dos cosas: su rimbombante título, lo que da cuenta de que es un libro de los inicios, de un Borges "en formación", por así decirlo; y su escondida novedad: no son cuentos, tampoco son historias, son, como dice en el prólogo a la primera edición, "ejercicios de prosa narrativa". Son, también, veladas imitaciones de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, un libro delicioso de apócrifas (pero verosímiles) biografías de personajes reales (entre ellas, figuran las de Empédocles, Lucrecio, Petronio, Frate Dolcino, Pocahontas y Ucello).
Y es que hasta el propio Borges tenía sus dudas y sus temores a la hora de escribir. Así, escribir estos "ejercicios", en los que mezcla ficción, fábula, historia e imaginación, le resultaba menos intimidante que escribir cuentos, materia en la que luego descollaría no ya a nivel nacional sino, ahora sí, universal. No obstante lo cual, el volumen presenta un cuento, "Hombre de la esquina rosada", que no es, a pesar de ser uno de los más difundidos, tanto por su permanente presencia en la "épica" borgeana (por pertenecer al sector de los compadritos), así como por su perpetua reedición en innumerables antologías, de sus mejores cuentos. De hecho, creo que es bastante mediocre y él mismo lo reconoce así en el prólogo de 1954 a Historia... Y no es, en modo alguno, el texto más interesante del volumen. 
Incluso creo que lo más interesante del volumen (aquí los eruditos dirían "una de las claves de lectura de toda la obra borgeana") se encuentra en ese mismo prólogo a la edición de 1954, con un Borges ya "formado" y plenamente consciente de hacia dónde debía dirigir sus pasos en el mundo literario, puesto que no era ya aquel "tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias". Dice allí, vía Bernard Shaw, que "toda labor intelectual es humorística". Estimo que cuando se comprende esta sencilla verdad, no hay texto alguno de Borges que pueda ser tachado de abstrusidad, de ininteligibilidad ni de cualquiera de las otras lacras que suelen endilgarle los envidiosos y los espíritus rastreros a los textos de Borges. Borges siempre fue, a semejanza de su maestro Macedonio Fernández, un humorista excepcional, un cultor del humor y la ironía más elevados. Claro, en lugar de recurrir a la fácil chabacanería, Borges eligió como plaza del humor la literatura y la cultura libresca en general. 
Pero, como siempre, me voy por las ramas (sepan disculpar, sostengo que la literatura y la escritura en general es el desbordarse y dispersarse por los vericuetos más insospechados eternamente). De lo que quería hablarles era de la hipálage, esa hermosa figura retórica de la que creo he hablado aquí anteriormente (*). El diccionario de la Real Academia Española la define así: 

hipálage.

(Del gr. ὑπαλλαγή, cambio).

1. f. Ret. Figura consistente en referir un complemento a una palabra distinta de aquella a la cual debería referirse lógicamente. El público llenaba las ruidosas gradas.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Pero esta definición, como casi todas las que pueblan las abultadas páginas del DRAE, es manifiestamente insuficiente. Procuraré ser lo más clara posible: la hipálage es una variante de la sinécdoque, a su vez uno de los modos de la metonimia. ¿Qué es una metonimia? Es aludir a algo a través de una de sus partes o de alguna de sus características más relevantes. Por ejemplo, uno podría decir que Schumacher (o Marcos Patronelli, para hacer honor a mis compañeros florenses) es "un gran volante", donde 'volante' hace referencia a una de las partes de que se compone el instrumento de trabajo del citado piloto. Una sinécdoque es aquella metonimia en la que se toma la parte por el todo, como en el mismo ejemplo de Schumacher (con 'volante' se hace referencia a todas sus habilidades como piloto). Pues bien, una hipálage es entonces remarcar una característica de algo vinculado al todo o a las partes de manera elíptica, en tanto se nombra aquella característica pero aplicada a otra cosa... 
Veamos un ejemplo mejor que el proporcionado por el DRAE, citado por el propio Borges en, si no recuerdo mal, su texto sobre Lugones: "a la luz de la estudiosa lámpara". Las lámparas, de por sí, no son "estudiosas" ni ninguna otra cosa. Por lógica, son simplemente lámparas. Sin embargo, en la hipálage se supone la presencia de algo que no está nombrado sino a través de una de sus características más relevantes. En el caso del ejemplo, hace referencia a una persona estudiosa. Esa cualidad, por transitividad (otra característica de la metonimia), se pasa a la lámpara bajo cuya luz esta persona -no aludida directamente- se encuentra. Es, por lejos, una de las figuras retóricas más bellas porque supone una presencia (animada) que explícitamente no está allí pero que implícitamente aparece gracias a esta trasposición. 
En los textos de Historia... abundan las hipálages, en consonancia con el espíritu todavía barroco, según la propia afirmación borgeana, de que está impregnado el libro. Pasemos revista a algunos ejemplos: 

-"Parece que se alimentaba muy poco y que solía recorrer descalzo las grandes habitaciones oscuras, fumando pensativos cigarros." (El sujeto de "pensativos cigarros" es tácito en esta oración y se encuentra explícito en la anterior; se trata de Lazarus Morell, el atroz redentor. El pensativo, por supuesto, es él). 

- "Su plan era de un coraje borracho." (Sigue refiriéndose al mismo Morell: nótese cómo funciona la hipálage desplazando las referencias. No se dice que Morell urdió su plan en plena borrachera si no que lo animaba un coraje "borracho", es decir, producto del alcohol, por tanto efímero, por tanto destinado al fracaso). 

- "Las riberas despavoridas" (Subtítulo de una de las partes de "La viuda Ching, pirata", que fue el que me dio la idea original de este posteo, por la genialidad de aludir al triunfo de "los seiscientos juncos de guerra y los cuarenta mil piratas victoriosos de la Viuda" sobre las aldeas de las riberas del Si-Kiang con esa simple construcción: no son sólo ya los habitantes de las márgenes de ese río los despavoridos por el poderío pirático sino las propias riberas. El pavor es tal que pasa de las personas al suelo del que éstas huyen). 

- "Al fin los dos ilustres malevos conferenciaron en un bar, cada uno con un cigarro de hoja en la boca, la diestra en el revólver y su vigilante nube de pistoleros alrededor." (Nótese cómo una vez más lo importante es cómo se dicen las cosas y no tanto las cosas que se dicen: Borges, en lugar de decir "con su nube de pistoleros vigilantes alrededor" recurre a la hipálage y desplaza la referencia de 'vigilante' hacia la nube, es decir, hacia el conjunto compacto y cerrado de pistoleros, todos atentos al menor movimiento, que acompañaba a los gángsters. De este modo, se asegura no sólo la atención del lector sino que hace que una imagen convencional adquiera una fuerza inusitada: no es lo mismo "una nube de pistoleros vigilantes" -la opción lógica- que "su vigilante nube de pistoleros alrededor").

Creo que estos ejemplos bastan para comprender de qué se trata y cómo funciona este mecanismo verbal que puede realzar, con apenas una trasposición bien lograda, no ya una frase o un párrafo sino todo un texto. La literatura borgeana es pródiga en este tipo de recursos. En la misma Historia... abunda otra de sus "marcas de autor" que lo harían tan famoso y reconocido: la enumeración caótica, o por lo menos la enumeración acumulativa (si me permiten el pleonasmo) y desaforada que llegaría a su punto cúlmine en el cuento "El aleph" (¿No saben qué es un aleph? ¿ni un mizrah? ¿Todavía no lo leyeron? ¡Corran a leerlo! Lo pueden encontrar acá). 

Analía Pinto, una borgeana irredenta.

(*) Buscando este enlace me encuentro con que allí, en el posteo sobre Roberto Mariani, doy otra explicación acerca de qué es una hipálage y dicha explicación se comprende mejor que la que tan alambicadamente he dado ahora aquí. Sin embargo, dejo a cargo del lector elegir qué explicación le gusta o conviene más, puesto que ninguna de las dos es incorrecta ni se invalidan mutuamente, aunque la que doy en el posteo citado es, si la memoria no me engaña, más acertada. Pero reitero que no invalida la que ensayé aquí y, por ende, tampoco invalida el análisis realizado después. Lo anoto a título de sorprendente (je je) curiosidad. 

1 comentario:

Gabriel dijo...

Genial, la verdad es que amo esta forma de expresarse del genial Borges, y creo que aquí se descubre en mí este detalle que me produce una fascinación tan grande. En mí pasan desapercibidas, me gustan sin saber porqué, y es por estas sutilezas que descubre sin esfuerzos la autora.